La incomprensión de Ronaldo

Describir a Cristiano Ronaldo, futbolísticamente hablando, es muy sencillo. Jugador de gran potencia, fuerte disparo, juego aéreo envidiable, veloz y, sobre todo, por encima de todas las cosas, un goleador feroz.

Con esta descripción no descubrimos nada nuevo. Ronaldo es uno de esos jugadores que ha marcado una época y que junto a Leo Messi son el santo y seña de una generación. La lucha futbolística que han mantenido ambos durante todos estos años, a un nivel tan tan alto, probablemente no tenga parangón en la Historia. Dos futbolistas de otra época, capaces de superar registros que, hasta su llegada, parecían inalcanzables en el fútbol moderno para cualquier jugador.

A pesar de sus detractores, los números de Cristiano están ahí. Ha batido records tanto a nivel nacional como internacional. Nos aburriríamos de citarlos todos. Entre otros, ha sido el primer jugador en llegar a los 40 goles en una liga profesional en dos temporadas consecutivas, el único jugador en la Historia en marcar 60 goles o más en un año completo cuatro veces, ha batido el record de goles de la fase de Grupos de la UEFA Champions League, posee el record de goles de la competición y el del cómputo global absoluto, tiene 4 botas de oro, ha sido el primer jugador en llegar tan rápido a 250 goles en una de las cinco mejores ligas europeas… Lo dicho, un auténtico devorador de registros.

Si algo parece fuera de toda duda es que gran parte de sus éxitos probablemente se deban a su hambre voraz. Su afán de superación y su incansable trabajo le han erigido en uno de los grandes. Un deseo de ganar y una fuerza mental que recuerda a uno de los grandes de otro de deporte: Rafa Nadal.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre ambos. Una diferencia mayúscula por otro lado. Nadal lleva el hambre de ganar a la pista en un deporte individual y su tono es cordial siempre fuera de ella (aunque podría no serlo). Cristiano lleva ese deseo incontenible de ganar al campo en un deporte colectivo en el que, muchas veces, su ansiedad por ganar acaba frustrando a sus compañeros y, lo que es peor, su tono no es el que debería ser fuera del terreno de juego en ocasiones.

Y es que muchas veces me pregunto si Cristiano Ronaldo podría haber conseguido más de lo que ha logrado, sobre todo a nivel colectivo, si comprendiera que cuando uno se rodea de un grupo y necesita de sus componentes para lograr algo, es fundamental que el buen ambiente reine entre ellos.

Me sorprendieron muchísimo unas declaraciones recientes que hizo en las que dijo literalmente: “En el Manchester ganamos la Champions y yo no hablaba con Scholes, Giggs o Ferdinand, más allá del `Buenos días’. Y sin embargo teníamos un equipo estupendo. Yo no tengo que cenar con Benzema o invitarle a mi casa. Lo importante está en el campo. No necesito besitos ni abracitos”.

Me percaté con estupor que, a pesar de que Ronaldo es uno de los grandes de este deporte, su incomprensión sobre lo necesario para triunfar en un proyecto colectivo es notable, más aún si eres el líder en un grupo al que todos deben seguir. Esta falta de comprensión es extrapolable a muchos ámbitos de la vida. En toda campaña colectiva es fundamental la empatía, algo de lo que carece en muchas ocasiones el astro luso. Aún más, cuánto mejor es la relación entre los miembros de un grupo, más probable será que completen de forma satisfactoria sus objetivos.

Puede que Ronaldo ganara una UCL  con el Manchester sin hablarse con Giggs, Ferdinand o Scholes pero, ¿marcó ese equipo una época? ¿La hubiera marcado aunque Ronaldo hubiera permanecido en la ciudad británica? Creo que la respuesta a ambas preguntas es no.

Si, de repente, cualquiera de nosotros, fuéramos a la guerra, qué preferiríamos: (i) ir a la guerra con gente conocida con la que ni siquiera nos llevamos bien, mantenemos simplemente una relación cordial y, en ocasiones, ni siquiera soportamos; o (ii) ir a la guerra con gente con la que nos llevamos maravillosamente bien, a la que adoramos, gente que consideramos hermanos, en definitiva, gente que daría la vida por ti.

Creo que la respuesta es clara y, en ocasiones, el fútbol se convierte en una guerra. Una contienda en la que meter la pierna, ir a la ayuda de un compañero, hacer una cobertura, dejarse la cabeza o la piel en una jugada se convierten en una elección de vida o muerte o lo que es lo mismo, un gol a favor o en contra.

Es cierto que si tengo un francotirador de élite, un gran artillero, un rastreador experimentado, etc. puedo ganar numerosas batallas e incluso la guerra si el ejército al que me enfrento se encuentra en inferioridad. Por otro lado, parece obvio que en igualdad de condiciones con el ejército rival (estrategia militar aparte) la vertiente anímica también puede suponer un papel fundamental. Si estoy en una situación límite siempre preferiré a alguien a mi lado que esté dispuesto a dejarse la vida por mí que a alguien que simplemente quiera sobrevivir.

En definitiva, declaraciones como las ya señaladas o como las que semanas después pronunció tras la debacle ante el Atleti “si todos estuvieran a mi nivel, a lo mejor iríamos primeros” no ayudan a que un equipo se convierta en una verdadera familia y luche sin ningún lugar a dudas como un verdadero conjunto, sin la tentación de que el lucimiento personal (o el instinto de supervivencia en el caso de un soldado de un ejército) esté por encima del conjunto. Sobre todo porque desde el reproche pocas veces se construye nada positivo, más aún, cuando siempre todos nos podemos exigir más a nosotros mismos. Incluso Ronaldo debería exigirse más en relación con sus compañeros, antes de reprochar a ninguno, ya que esta temporada no ha sido capaz de marcar de momento a ninguno de los grandes a los que se ha enfrentado (ni a los cuatro primeros de la Liga ni al PSG en los dos partidos de UCL).

Esta es la verdadera incomprensión de Ronaldo en un deporte en el que ha conseguido ser el rey durante varios años y que aunque será recordado siempre, la eterna duda es si colectivamente pudo haber conseguido más.

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